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A toda costa, como fuese, intenté meterme en un ombligo enorme denso peludo como la selva amazónica. Algunas veces a machetazo limpio. Otras, pidiendo permisos inútiles.
Desde adentro salía una voz que repetía siempre las mismas canciones. Canciones que escuchaba en silencio y desmenuzaba buscando signos invisibles en la oscuridad.
Canciones que además no me nombraban.
No eran de mi incumbencia.
No me pertenecían.
(en retrospectiva las cosas parecen muy idiotas, sin embargo no lo son: son tristes, pero también son un alivio encantador).