cuentonto
Una hilera de hormigas. Eso veía en la pared y se lo dije. Él me acariciaba, creo. Y se reía. Yo lo escuchaba reír. Sentía sus manos recorriéndome suaves. Me pregunté de dónde habrían salido, hacia dónde irían y se lo dije. Entonces se incorporó.
“Linda espalda”, pensé.
Con la toalla, en pocos segundos dio cuenta de la fila entera. “Ya está. Nada de qué preocuparse. ¿Por qué no te relajás un poco, linda?”, me dijo.
Me recosté sobre su hombro y cerré los ojos. Ni por un solo momento dejé de ver a las hormigas, de preguntarme qué hacían ahí.
Pero esta vez no se lo dije.
Su impiadosa toalla podía matar mis pensamientos.